jueves, abril 24, 2008

Revoloteo de águilas



El Espectador / Abril 18 de 2008
Por: Alfredo Molano

EL MAGDALENA MEDIO ES UNA región rica, muy rica: petróleo, carbón, oro, madera, ganado y, como si fuera poco, ahora palma africana. El cuerno de la abundancia. Y el infierno: más de 2.000 ciudadanos asesinados en los últimos años. El río Magdalena, su columna vertebral, y cientos de afluentes configuran una región llena de agua que fue también de pescado.

Al río, como vía, siguieron ferrocarriles y carreteras. Hoy el Magdalena Medio, entre Honda y Magangué, está cruzado —y crucificado— por caminos de lado a lado. La explotación petrolera implicó organización sindical y al lado, las reivindicaciones campesinas y las demandas urbanas se hicieron sentir. Las vías facilitaron la colonización de campesinos expulsados por la violencia política en otras regiones. Las compañías extranjeras fueron descubriendo minas de oro y de carbón; los hacendados, tierras planas y fértiles. Los obreros y los colonos querían vivir; las compañías mineras, las petroleras y los ganaderos, enriquecerse. El Estado, siempre de parte de los segundos, dejó a la buena de Dios a los primeros. Desde el 9 de abril, hace 60 años, en la región no cesa de correr la sangre. Los gobiernos desde entonces protegen y arman a los chulavitas, los quemados, los chamizos, los pájaros, los sicarios, los paramilitares. Numerosos altos oficiales han terminado incriminados en procesos judiciales por paramilitarismo e importando terroristas internacionales como Jair Klein para entrenar asesinos y defender a los Escobar Gaviria —tan vigentes hoy—, a los Rodríguez, a los Henao y a todo ese cartel de la sangre. Lo que no pueden a las buenas, lo hacen a las malas, pero el Magdalena Medio sigue siendo de ellos, es decir, de los poderosos intereses económicos. El sur de Bolívar está hoy en la mira de los fusiles. Se alistan otra vez las motosierras. Las compañías mineras tienen ya en sus cuentas el oro de Santa Rosa y Tiquicio; las petroleras se preparan para una segunda vuelta en pozos abandonados a propósito; los ganaderos se transforman, con todas sus mañas, armas y respaldo del Gobierno, en palmicultores. Después de la matanza sistemática y calculada entre 1998 y 2004, la gente, apoyada por ideales de paz y de justicia, levantaba la cabeza. El Gobierno mira para otro lado. La Iglesia, que en la región ha regresado por sus fueros, la acompaña. Los paramilitares, que continúan tan fuertes como siempre, han vuelto a las andadas y revolotean y pican ahora con el nombre de las Águilas Negras. Los helicópteros y las avionetas de fumigación levantan también el vuelo para caer sobre los campesinos que cultivan coca, obligarlos a huir para dejar sus tierras en manos de los nuevos empresarios que cercan, drenan los humedales, siembran palma y acomodan retenes de unos y de otros en los linderos de sus enormes propiedades. El orden hay que salvarlo a toda costa, dirán unos. Otros reprochan y amenazan: “se les brinda seguridad con el Ejército y lo corren del pueblo”; “las personas no deseadas por el Gobierno serán eliminadas”; “por cada acto delincuencial en contra de la seguridad democrática que ustedes organicen dentro de estos pueblos, serán exterminados uno a uno por orden de lista”. Mientras tanto, el Ministro de Agricultura proyecta sembrar miles y miles de hectáreas de palma en la región; el Ministro de Minas, permitir a las compañías de oro y carbón explotar la región a su antojo; el Ministro de Obras Públicas, comunicar el Bajo Cauca con el Magdalena Medio, regiones ambas donde los Macaco son ley. Los obispos de Magangué y Barranca, 70 curas y miles de ciudadanos han salido a las empolvadas calles de los pueblos del sur de Bolívar a ponerles la cara y el pecho a lo que se viene. Que es mucho. Mas allá del alborotico que el Presidente hará en Cartagena en otro de sus Consejos de Seguridad, lo que el sur de Bolívar requiere para que haya paz es parar la brutal impunidad económica con que actúan los grandes empresarios del petróleo, el oro y la palma, impunidad hermana de la otra impunidad: la que deja que las Águilas Negras o verdes o rojas alcen el vuelo y claven sus garras y picos en la gente que trabaja o en aquella que la defiende.