sábado, julio 21, 2007

Epidemia

Imágen tomada de ROUN WORLD PHOTO

A quienes no he vuelto a escuchar

Luego de cuatro años de observaciones pude corroborar mis sospechas: el mundo está siendo azotado por una epidemia mortal. Lo comprobé y, es más, ya le bauticé con un nombre justo a su medida. La llamé “televitis”, o engañus mediaticus –nombre científico. ¿Por qué el nombre? El nombre surgió al observar en detalle la forma bajo la cual la enfermedad opera en la actitud de las personas. Tal vez piensen que estoy loco, pero la epidemia se propaga a través del televisor. Gracias a él la enfermedad llega y asegura su permanencia dentro de los seres humanos modificando sus acciones y la forma de ver el mundo. ¿Creen que estoy mintiendo? Pues sepan que desde tiempo atrás los canales privados de televisión, las corporaciones transnacionales y los militares, vienen experimentando con la programación televisiva para encontrar la estructura perfecta, la dosis exacta, que permita mantener a los seres humanos a merced de gobernantes que ellos escogen y hacen elegir. Si el televisor dice que es “negro”, ¡es negro y punto!, aún cuando los televidentes estén viendo que es gris claro. El mayor éxito del experimento ha consistido en hacer creer al 70% de la población mundial que el televisor no miente ni se equivoca, y que además nunca omite información.

Sintomatología
Los infectados viven “normalmente” desarrollando sus actividades diarias: ir al trabajo, a la universidad, alimentarse, ir a cine, practicar deporte, etc. Obviamente esto no quiere decir que gocen de buena salud, pues los contagiados sufren de migraña, hipertensión (tratable), gastritis, o de las tres dolencias combinadas que se apoderan de sus vidas de manera crónica. Ante la proliferación de estos padecimientos los psicólogos y médicos han concluido que todo es producto del estrés, “el mal de la sociedad moderna”.

La enfermedad, además de causar dolencias al cuerpo, también afecta el “pensamiento” de las personas. Aproximadamente seis meses después de contraída la enfermedad, los infectados hacen y dicen cosas que, años atrás, nunca hubiesen llegado a decir o hacer. El virus se instala en la psique y manipula las palabras, los comentarios y la forma de actuar.

Más allá de la sintomatología descrita (migraña, hipertensión, gastritis), lo que da la certeza de no hallarnos frente a un caso de estrés (si es que el estrés existe) es la actitud que desarrollan las personas:

-Su memoria se torna desechable, es decir, pueden darse por enterados de un acto deplorable y criticarlo, pero en cuestión de semanas ello deja de importar, y el repudio sentido en esos momentos queda en el olvido, dando tranquilidad al repudiado –generalmente un político o un militar- que reincide en el repudio una y otra vez.
-Propensión a avalar cualquier invasión militar sin importar los intereses económicos ni la supremacía militar del invasor.
-Total apoyo a gobernantes acompañados de corrupción cuya característica principal estriba en llevar slogans de “mano dura contra el terrorismo”.

La enfermedad no discrimina estratos sociales, aunque es de anotar que quienes pertenecen a la denominada clase media la padecen de manera más severa. Para detectar a los infectados, si estamos hablando de Colombia, por ejemplo, se debe estar atento a lo que dicen en la esquina del barrio cuando hablan del Presidente. Escuchar frases como: “ése es un berraco”, “él no tiene la culpa de lo que hagan los otros”, constituyen el indicador más común para saber que estamos ante un contagio. Estas frases, si se tiene la oportunidad de intimar con alguna familia, también pueden escucharse al momento de la transmisión de algún noticiero.

En conclusión, la televitis no produce daño suficiente al cuerpo para terminar con sus funciones vitales, y las personas, en teoría, permanecen cuerdas sin que se pueda diagnosticar algún tipo de locura que les impida tomar decisiones en pleno ejercicio ciudadano –ejercicio que incluye la elección de alcaldes, gobernadores y presidentes.

Caricatuta tomada de SINGS OF THE TIMES


La enfermedad avanza
Si lo anterior es para preocupar, lo que hace algunos meses creo haber descubierto es para enloquecer. Tanto así que preferí abandonar la universidad y concentrar todos mis esfuerzos en hallar una cura. Pero lo que consideré la decisión más acertada, para otros solamente significó un atropello a la cordura. “¡Y de qué vas a vivir!”, desde entonces no paran de preguntar. Preguntan y preguntan… pues no entienden que vivir de una sociedad enferma no vale la pena. Vivo para hallar una cura, ¿habrá algo más importante que eso? A estas alturas el estudio no tiene sentido sin ello no hay respuestas para erradicar la televitis de la sociedad. Así que lo que aprendí, lo aprendí del cine, de mis amigos y de los libros que leímos junto al vino. Pero lo aprendido no es suficiente. En mi mente ideas y pensamientos se agitan tratando de hallar alguna cura integral. Y mientras la busco, la enfermedad se concentra en dirigir la gente más cercana contra lo que hago. Mi preocupación viene en aumento, ya lo he dicho. Desde hace algunos meses creo que la televitis ha empezando a mutar. El tiempo se hace corto, y el insomnio se apodera de mí con la sola idea de pensar que, para curar al mundo, ya no basta con hacer estallar todas las antenas de este planeta. Espero estar equivocado, lo anhelo con todas mis fuerzas, pero si no es así, lo cierto es que la maldita enfermedad ha empezado a contagiarse a través de las palabras que emite un humano hacia otro…

Alexander Escobar
alexanderinquieto@gmail.com